La Selva Lacandona: una selva viva guardiana de los vestigios de un pasado legendario

Pocos lugares en el mundo son tan especiales como la Selva Lacandona, en Chiapas. Surgidos de la noche y de la selva, los paisajes que envuelven este recóndito lugar de nuestro México son dignos de ser vividos al menos una vez en la vida. Esto se convierte en algo muy complicado, puesto que una vez que nuestro corazón es alimentado con la energía de esta tierra, guardará para siempre un particular latido que buscará regresar.

Aún recuerdo vivamente el día que nuestra camioneta se adentraba en la Selva Lacandona. Eran apenas las 6 am y muchos de mis compañeros viajeros pretendían dormitar, yo sin embargo, estaba demasiado emocionada como para cerrar los ojos y perderme el panorama. Con los primeros rayos del sol, se empezaron a teñir de color oro las copas de los árboles más altos, haciendo despertar a los pájaros y las aves para comenzar con sus baladas mañaneras. Poco después, el plácido color oro se volvió de un rojo tan intenso que parecía fuego. El fuego de la selva pensé, la herencia de los mayas que vivieron su apogeo y su desdicha; la herencia de una selva viva que sacude su energía para ser absorbida por aquellos que madrugan.

‘Una selva viva guardiana de los vestigios de un pasado legendario’ pensaba para mi misma. Me sentía la persona más privilegiada de la Tierra por encontrarme dentro de aquella camioneta rumbo a las entrañas de un mundo paralelo donde el tiempo se detiene. Mi viaje no fue para menos, recorrí senderos entre árboles milenarios que parecen guardar la esencia de los gigantes, nadé entre nenúfares de lagunas de colores cristalinos, me perdí entre los vestigios, murales y esquelas mayas más emblemáticos… busqué el rastro de los jaguares y de los tigrillos, jugué en los columpios naturales de la selva cayendo en la suerte de las largas lianas y los malvados matapalos, encargados de mostrarnos la más pura ley de la selva. Me olvidé del tiempo y del espacio, de las preocupaciones del presente y del futuro, y el contacto tan intrínseco con la naturaleza me ayudó a dejar ir aquello que dolía del pasado.

  

La naturaleza tiene ese poder, y si eres de los que sabe conectar con ella, los beneficios no hacen sino multiplicarse por millones. Sin embargo, nada de esto hubiera dejado la huella que la Selva Lacandona impregnó en mi memoria, si no hubiera sido por las personas que me encontré en el camino. Todas y cada una de ellas me enseñó una valiosa lección de vida que recordaré por siempre.

Mi cocinera, Regina, me recordó que la simpleza de la vida existe en el mero sol que nos calienta a todos por igual cada mañana. Mi anfitriona Doña Mari, me enseñó que el amor incondicional existe, puesto que aún siendo de una etnia diferente decidió romper con los moldes establecidos por su cultura para casarse con su actual marido. Mi guía, María, me hizo recordar la importancia de guardar recuerdos felices del pasado, gracias a sus historias de niñez feliz creciendo entre los árboles. Sin olvidarme de Pablo, quien vestido con su Kaabil y con su remo de madera, me contaba curiosidades de su cultura lacandona mientras yo las comparaba con aspectos de la mía propia. Él me mostró la belleza de ese intercambio cultural, tan buscado por los que amamos viajar.

  

Todos debemos vivir algo así una vez en la vida, para darnos cuenta de la importancia de la naturaleza en nuestro bienestar emocional y los valores que nos enseñan otras culturas. Esto genera un respeto que traspasa fronteras, devolviéndonos la tranquilidad y el amor por los pequeños placeres, enseñándonos los valores esenciales de la mera existencia del ser humano.

Ahora tú puedes vivir esta experiencia gracias a nuestra única expedición del año a la Selva Lacandona. Visita este enlace para conocer el programa concreto y contacta con nosotros para mayor información en este mail.

 

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